Kimi: familia, tradición y una última oportunidad

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Llamado del Héroe

Lo vemos en las series, en las películas y en la historia de Kimi. El “Llamado del Héroe” es esa voz interna que nos dice cuándo seguir y hacia qué dirección. Es la fuerza que nos lleva a identificar nuestro sueño y realizarlo. Pero ese llamado, muchas veces, tiene un antagonista: la tradición. Y viniendo de una familia de tradiciones, el concepto de jugador profesional de videojuegos no tenía pies ni cabeza.

Durante toda su infancia, Kimi había sido el hijo y el alumno ejemplar. Buenas notas en la escuela, pocos pero buenos amigos, una saludable relación con sus hermanos y, en general, buen comportamiento. Su primer acercamiento a los videojuegos lo tuvo a través de “Massa”, su mejor amigo, con quien pasaba tardes enteras jugando al fútbol y al Zelda.

—Empujá la caja —.
—¿Qué caja? —, pregunta Kimi.
—La caja que tenés adelante tuyo, Cristian. ¡ADELANTE TUYO! —.

Gerudo Valley se había convertido progresivamente en su segunda casa, y solo Massa y él tenían la llave.

Los videojuegos llegaban para traerle a Kimi una tranquilidad que no encontraba en ningún otro lado. Ni el fútbol ni las horas en la plaza le generaban la sensación de estar haciendo algo que le gustara desde el fondo de su corazón, como lo hacía pasar horas jugando.

Una tarde, llegó a su casa y vio a su hermano plenamente concentrado en un juego que desconocía.

—¿Qué estás jugando? —. No hubo respuesta. Estaba poseído por lo que tenía delante.

Desde que terminé la secundaria sentí la necesidad de competir

Desde que terminé la secundaria sentí la necesidad de competir

En las siguientes semanas, su hermano mayor pasaría horas explicándole qué eran las torres del nexo, los campamentos de la jungla y cómo ganar partidas. League of Legends hacía su aparición en la vida de Kimi, quien enseguida se dio cuenta que era muy bueno jugándolo.

Semanas, meses y años. Su nivel aumentaba de manera tan abrupta que empezó a llamar la atención de equipos menores. Allí descubrió la existencia de un mundo que vivía de la competencia. Un mundo de gente que había dado un paso adelante y había decidido dedicarse a eso que más querían. Como Link en el Templo de las Sombras, Kimi había decidido dar un salto de fe y apostar por eso que imaginaba como su futuro.

Cuando se acercó a su familia para explicarles a qué se quería dedicar, el rechazo fue inmediato.


Piedras en el camino

Una vez terminada la secundaria, la obligación era estudiar y realizarse a nivel académico. Los “jueguitos” solo encontrarían su lugar en los pocos ratos libres que le quedaran. Y ahí fue cuando el primer gran problema tocaba a la puerta: ¿Cómo demostrarle a sus padres que los deportes electrónicos eran una posibilidad de trabajo real? ¿Cómo haría Kimi para seguir las directrices familiares sin descuidar su objetivo?

—¡Ayudenmé! —. Kimi le pidió a sus hermanos y a Massa un día mientras pateaban una pelota.

Los padres de Kimi pasaron los días siguientes escuchando a sus hijos hablar sobre las ventajas de convertirse en jugador profesional de videojuegos. Noticias, videos y fotos de estadios llenos. Cualquier evento era una nueva herramienta en esa búsqueda de validación. La campaña a favor de los esports llegó hasta la abuela de Kimi, quien hizo alianza con sus nietos sin pensarlo.

"Tenía que convencerlos con mis acciones, con lo que podía lograr"

—Mirá cómo se divierte. Lo disfruta mucho. Dejalo jugar, Fabián. Dale —. Llegó a decirle la abuela de Kimi a su padre un domingo por la tarde en familia, mientras veía a Kimi sonreír.

Una mañana de sábado, mientras tomaban mate en el pequeño jardín de la casa, su papá se puso serio. —¿Qué necesitás para dedicarte a esto? —. La sonrisa que se dibujó en la cara de Kimi iluminaba toda la Ciudad de Córdoba.

—Una computadora nueva —. Era todo lo que le hacía falta.

—La vas a tener pero, a cambio, vas a tener que estudiar algo —, le respondió a su hijo sin pestañear.

El lazo que unía a Kimi con su familia era demasiado fuerte, y la posibilidad de negarse al estudio para volcarse de lleno al competitivo no existía. League of Legends se había convertido en una parte importante de su vida y la idea de poder vivir de ello era lo único que lo entusiasmaba, pero sus valores y el respeto por una familia que había decidido apoyarlo tenían su peso.


Golpes y un último intento

Sus tres años en la universidad giraron alrededor de lo mismo: League of Legends, las personas con las que tuvo contacto y su tiempo libre. Todo desembocaba en la Grieta del Invocador. Es que cuando encuentras el camino a seguir, nada más importa. No hay tiempo ni espacio para distracciones. Pero el tiempo no espera a nadie y Kimi estaba a punto de aprender esta lección de la peor manera.

La energía y el tiempo que le demandaba una carrera universitaria era mucho y afectaba directamente su nivel de juego. Los torneos menores que jugaba con su equipo terminaban siempre con un cartel de derrota, y la cantidad de horas que le dedicaba a League of Legends parecía perder sentido. Las preguntas que Kimi hacía luego de cada partida, eran ahora un silencio incómodo. Los cuestionamientos que vociferaba, ahora eran duda y falta de confianza. La validación de su esfuerzo pendía de un hilo muy fino, el mismo que separa un buen call de Barón de perder una partida.

A veces sentía que me esforzaba demasiado y las puertas no se abrían. Me desanimaba mucho

"A veces sentía que me esforzaba demasiado y las puertas no se abrían. Me desanimaba mucho"

Kimi era un soñador, pero la educación familiar también lo convertía en una persona realista y con los pies sobre la tierra. En su situación actual, no obtenía resultados en ninguna de las dos cosas.

Había que tomar una decisión.

Una calurosa tarde de enero de 2017 se acercó a su padre. —Che, pa —. Su voz tenía un tono más bajo que de lo normal. Con la vista hacia abajo, siguió.—Este es el último año que voy a buscar ser profesional —.

Ya no había margen de error, era ahora o nunca.

Su padre asintió con tristeza.

Pese a nunca haber estado de acuerdo con las intenciones de Kimi, nadie quiere ver a su hijo bajar los brazos. Ningún padre está preparado para ver la desilusión en los ojos de una de las personas que más ama.

El año siguió con competencias de menor categoría en las que Kimi y su equipo obtenían, como máximo, segundos puestos que no alcanzaban. El sentimiento de estar esforzándose para que las puertas no se abrieran era cada vez más fuerte, sobretodo cuando Kimi estaba seguro de sus propias capacidades. Y cuando las cosas no parecían poder salir peor, la noticia menos esperada: su abuela había fallecido.

Con ella también se iban los ñoquis del 29, las tardes de domingo, los “te quiero” que no se dijeron. Sin previo aviso, la vida le arrebataba a una de las personas que más quería. Kimi estaba a punto de bajar los brazos y no había nada ni nadie que pudiera convencerlo de lo contrario.

¿O acaso lo había?


El llamado

El último torneo que jugó trajo buenas noticias, pero no para él. Kaos Latin Gamers se había contactado con un jugador de su equipo.

—Si ustedes me dicen que vamos a seguir jugando juntos, yo rechazo la oferta —. El primero que puso el grito en el cielo fue Kimi. —¡No! ¿Cuántas oportunidades así vas a tener? No dejes pasar el tren. —.

Por más doloroso que fuera, negarle a su compañero y amigo la posibilidad de llegar a la CLS iba contra sus principios. De este modo, el último equipo de Kimi se separaba y Nate se convertía en el nuevo jugador de KLG.

Pero cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. En este caso, la ventana tenía nombre y apellido. Al entrenador del equipo de esports de la Universidad Católica, Primoo, le hacía falta un tirador y Kimi estaba sin equipo.

La oferta de Primoo apareció cerca de navidad, a solo 2 semanas de que se cumpliera el plazo de un año que Kimi se había autoimpuesto. El destino jugó su carta más importante a último momento, como si de una prueba de fuerza de voluntad se tratase. Cuando se enteró que la oferta era para un equipo de Copa, no dudó en someterse a los tryouts (partidas de prueba). La oportunidad era tan grande como sus nervios y como la ansiedad de estar a solo algunas partidas de cumplir con una de sus grandes metas. Los últimos años habían sido duros y parecía que, por fin, alguien había valorado su tremendo esfuerzo.

A pesar de eso, tras los tryouts, Kimi estaba convencido de que su rendimiento no había alcanzado para llamar la atención de Primoo.

Luego de ver su performance, Primoo no dudó un segundo en ofrecerle el puesto fijo de tirador. Kimi ya era un jugador excelente y tenía una proyección aún mayor. ¡Por fin, una de sus grandes batallas internas terminaba con una victoria! Los años de universidad, los intentos por convencer a su familia, el apoyo de sus hermanos, de Massa, de su querida abuela. Todo había valido la pena.

La última cena

Cualquiera podría pensar que el dar semejante noticia a la familia representaba una tarea fácil, pero ahí estaba Kimi, contándole a su familia lo sucedido con un poco de miedo.

—Ya mismo hablo con ese tal Primoo —, dijo el padre quien, pese a todo lo ocurrido, no logró borrar la sonrisa de su cara. —Voy a hablar con Primoo y hacerle muchas preguntas —. Mientras tanto, en un rincón de la casa, su madre no paraba de hacer llamados telefónicos. Toda la familia debía enterarse de qué era lo que estaba sucediendo.

Primoo y el padre de Kimi tuvieron una charla bastante amena. Las garantías institucionales de una organización con las dimensiones de la Católica influyeron en que sus miedos disminuyeran. El equipo estaba preparado para atender cualquier necesidad y urgencia que los jugadores pudieran llegar a tener. Pero las preocupaciones pasaban, mayoritariamente, por cuestiones de seguridad. ¿Comería bien? ¿Tendría contención psicológica? ¿Y si se rompía una pierna? ¿Y si quería volver?

“¿Y si quiero volver?”, lo mismo se preguntó Kimi en la entrada del aeropuerto.


A escasas horas de llegar a Chile y convertirse en jugador de la Universidad Católica, ahí estaba Kimi. En frente suyo un Boeing 737-800, y a sus espaldas, sus hermanos, Massa, los asados del domingo, el fútbol con los amigos, su gata Menina, los recuerdos de su abuela, sus padres, las dudas y las frustraciones. Pero ya no había tiempo para dudar. El futuro que tanto esperaba estaba aquí.

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